El puente con Japón comenzó mucho antes de cualquier concierto. De niña, en Panamá, Patricia Vlieg se hizo cercana a una familia japonesa — un vínculo que, con los años, se abrió hacia amistades con muchas otras. La cercanía se profundizó en sus años universitarios y continuó incluso después de que regresaran a su país. Japón no fue un destino que descubrió; fue una relación que ya llevaba consigo.
Por eso, cuando viajó a Tokio por primera vez en 2011 — invitada a presentarse en el Hotel Okura en un concierto benéfico para los sobrevivientes del Gran Terremoto del Este de Japón — fue un reencuentro. El día después de la presentación, asistió a la boda de una de aquellas amigas de la infancia. Desde ese momento, el japonés se volvió inseparable de su arte y de su vida diaria, y la calidez con que Japón la recibió se convirtió, en sus propias palabras, en un sostén constante. El trabajo había encontrado su geografía — diseñado exactamente para la distancia y la diferencia que produce el encuentro internacional.
Durante años, Patricia había recorrido América Latina, y en todas partes el público hacía la misma pregunta: ¿a qué suena Panamá? Esa pregunta se convirtió en una obra — Cabanga, un retrato de Panamá en canciones, publicado en América Latina y Japón en 2015.
En 2019, Cabanga los llevó por seis ciudades japonesas: siete conciertos, 4,250 personas. Un intercambio educativo en Imabari — una pequeña ciudad costera de la prefectura de Ehime — plantó una semilla a la que tomaría años regresar.
En 2024, conciertos colaborativos marcaron los 120 años de relaciones diplomáticas Panamá–Japón, con apoyo de ambos gobiernos y la Asociación de Conciertos Min-On (民主音楽協会). El trabajo se había vuelto institucional — y sigue expandiéndose.